1985 ( y Viareggio)

Viareggio .La passegiatta.

En la primavera de 1985 vio la luz mi primer libro de haikus- Teoría del  extraño movimiento– en una colección premonitoria,  pues en ella participaron Jesús Ferrero y Ramón Eder, hoy reconocidos y premiados escritores, aunque para mí fue simplemente un primer paso hacia una deriva novedosa y alternativa.

Durante el verano de ese mismo año fui a estudiar italiano a  la sede de la Universitá delgli Studi di Siena en Viareggio,  localidad entonces muy conocida por su carnaval y su premio literario, hoy en día un lugar especializado en  turismo LGTBI+.

Aquella estancia, más  allá de suponer una buena inmersión en una lengua que siempre me ha gustado mucho, me permitió observar desde la distancia un yo fraguado en el anti- franquismo que no acababa de comprender la tan aclamada Transición.

Así que en el otoño volví a mis menesteres panem lucrandum con una plena conciencia de que en adelante formaría parte de los post – así post-maoísta – pero no de los ex, pues nunca he querido renunciar a aquel espíritu  de que «el mundo podía cambiar de base» que tan agudamente describió Kant , retomó Marx y  comentó Foucault, y que informó mi juventud.

A raíz de aquella experiencia italiana  comencé también a escribir un a modo de crónicas, inspiradas en el tono de Josep Pla, que han supuesto también  una senda paralela a mis trabajos académicos.

Y una de las primeras manifestaciones de este nuevo tipo de escritura fue precisamente un breve relato anecdótico …sobre el curso de Lengua y Cultura italiana:

«En el Cristoforo Colombo, nuestro profesor de italiano nos había descubierto que la lengua de Dante era la única que se pronunciaba como se escribía, y unas risas filológicas habían recorrido el aula, salvo en los rostros de dos valkirias rubias que tan sólo habían levantado la ceja izquierda en señal reprobatoria.

Julia y Yuma, que así se llamaban las valkirias, eran de Dusseldorf, y todos admirábamos su capacidad para tomar el sol en la playa de Viareggio mientras con una sola mano sostenían el grueso manual que los demás transportábamos costosamente desde la habitación colegial hasta el aula 203.

Por otro lado, parecían ser las únicas alumnas que, al atardecer, pasaban de la sesión de maquillaje, y solían presentarse en el Viale Carducci en vaqueros y camiseta. Pero tenían tan buen tipo y eran tan altas y tan rubias que competían, probablemente sin querer, con el resto de las colegas que ajustaban sus curvas en vestidos veraniegos de Armani o Valentino.

El Colombo dependía de la Università degli Studi di Siena, así que en pleno ferragosto fuimos a conocer la casa matriz académica. Tras recorrer los pasillos sacros de la universidad, nos llevaron a comer a la Piazza del Campo.

Creo que hasta que no entré en aquel lugar no había entendido lo que era una plaza. Un amplio abanico abierto se extendía de arriba abajo en un semicírculo perfecto donde se sucedían las terrazas multicolores de bares y restaurantes. Al fondo, serio y egregio, se alzaba el Palazzo Publico acogiendo fraternalmente todas las miradas. El lugar daba una sensación fluida y lenta, pero todos sabíamos que, por aquellas fechas, era el escenario sobre el que se desarrollaban unas célebres carreras que intentaban rememorar los torneos medievales y que daban el nombre a la plaza.

Comimos una sabrosa pizza en Il Bandierino y después nos fue concedido un café solo y muy corto con un trocito de panforte (dulce muy recomendable para largas caminatas).

Julia y Yuma me miraban complacientes mientras yo daba cuenta del último sorbo de aquel ristretto. Y a mí, animado por mis parafilias filosóficas, se me ocurrió decirles que, si Martin Heidegger estuviera en aquella mesa con nosotros (en realidad dije en un torpe italiano “con nosotras”), habría descubierto la placidad de la plaza en cuanto que plaza.

Ellas no me entendieron como era de esperar, pero se asustaron un poco al oír mentar al filósofo nazi de Heidelberg, y, de hecho, pude apreciar que se les ponían de punta los pelillos de las piernas que, como buenas alemanas, no se habían depilado. Unas buenas piernas, por cierto, a pesar de todo».

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