LA PELL DE BRAU ( o España de la Nación al Estado)

Poco han durado las etapas de liberalismo pleno en la Pell de Brau, que diría Salvador Espriu. Y quizá la peor consecuencia de ello haya sido el empecinamiento alternativo de los defensores ahistóricos del Antiguo Régimen en considerar España como una Nación y no como un Estado.

Pues ese empecinamiento generó desde los albores del siglo XIX el rechazo radical de quienes por razones varias se sentían miembros de otra Nación , como fue el caso mayor en Catalunya y posteriormente del País Vasco.

Como recordaba recientemente Juan-José López Burniol, fue el mismo Manuel Azaña quien hace casi cien años diagnosticó que el gran problema español era el problema político «de la estructura territorial del Estado, es decir, del reparto del poder y de los recursos financieros».

Y ciertamente, en las dos cuestiones anteriores se han centrado y se centran la mayor parte de los dimes y diretes de dialéctica política, por otro lado ya tan desgastada por endogámicamente reiterada.

Pero afrontar la visión de España como Estado y no como Nación, con todas sus múltiples implicaciones ideológicas , debería suponer también coincidir en el diagnóstico por parte de quienes se siente como formando parte de otras naciones dentro del mismo territorio.

Y , por lo tanto, asumir que el verdadero problema que queda por resolver es la estructura institucional de dicho Estado sin tener que recurrir a apriorismos nacionalistas, legítimos e inevitables en su momento, pero más propios de hace dos siglos….¿ Es algo verdaderamente tan difícil?

Pues, ¿ no sería mejor esperar que por fin viniera la primavera tras «aquest advers hivern de Sepharad…»?

LA IDENTIDAD (y la pospolítica)

( para D. A. , con el deseo de que tenga la oportunidad de combatir la dura canícula con homeopáticas lecturillas)

Con la mejora de la situación sanitaria han vuelto a la palestra pública, de manera más explícita, los temas identitarios que antes de la pandemia del COVID-19 acaparaban la atención.

Y no solo las cuestiones de identidad nacional- nacionalista , como en el caso explícito de Catalunya, sino también otros preteridos por la coyuntura, como la identidad de género, la ecológica o la multicultural.

Por lo general , estos nuevos tipos identitarios han sido asumidos de uno en uno por lo que en sentido amplio suele entenderse como izquierda, toda vez que la derecha política ha tenido suficiente con la identidad nacional y su repulsa a todo lo que sonara a identidad de clase – ¡Ah viejos tiempos en los que la Democracia Cristiana y la Socialdemocracia hacían buenas migas!

Pero este último aspecto, el de la identidad de clase, es el que precisamente ha traído y todavía trae de calle a la izquierda cuando intenta hacerlo compatible con los nuevos tipos de identidad apuntados. El lío no es en modo alguno novedoso, pues durante muchos años la combinación de nacionalismo y socialismo ha constituido un caballo de batalla de guerras sucesivas, con ganadores inciertos y muchos finales en tablas o deserción.

Hace tres años un joven pensador , Jorge Fernández Gonzalo, publicó Manifiesto pospolíticoRutas ideológicas para la izquierda del siglo XXI.( Dado Ed.),un libro que pretendía dar cuenta de las transformaciones ideológico- sociales que venían produciendose y que probablemente se han acelerado durante la pandemia del COVID-19.

Se podría decir que la obra solicitaba claridad y distinción a la hora de evaluar los nuevos movimientos sociales y mucha prudencia a la hora de asumir reivindicaciones que pudieran desconfigurar, por acción u omisión, la percepción de la estructura de clases sociales que se corresponde a la nueva fase del capitalismo en la que estamos viviendo, algo que los think tanks neo-liberales vienen analizando (pro domo suaof course )desde hace muchos años.

Quizá el estío sea una buena ocasión para hablar de todo esto a calzón quitado y mascarilla en ristre,  intentando dilucidar, sin prisa pero sin pausa, todo ese conjunto de reivindicaciones simbólicas, ideológicas , y sobre todo identitarias que se acoge al curioso nombre de pospolítica

COMENTARIOS:

Contésteme por favor don Vicente. En España (perdón en el estado español) mientras más de «izquierda» se es más sentimientos independentistas se tiene. Es decir, se hace mucho más hincapié en la identidad nacional que en la identidad de clase. Los casos de ERC, CUP, HB, Podemos (o Podemas), BNG, MPAIAC y tantos y tantos otros. Tengo mi modesta opinión sobre el particular pero me gustaría saber la suya que, en todo caso, será mucho más fundamentada. Antonio Gutierro.

Querido don Antonio: La respuesta sería larga, más bien para comentarla durante una comida o un paseo . Pero, basándome en la experiencia generacional y en las investigaciones a las que he podido acceder, puedo adelantarle que ese vínculo que usted establece entre la izquierda y los nacionalismos «periféricos» ( no todos independentistas) se debe a que durante la dictadura franquista, y sobre todo en el tardo-franquismo, el espectro político mencionado estaba en la oposición, estableciéndose una serie de complicidades que después, en la Transición y ya bajo la Monarquía, han sido difíciles de matizar y, en algunos caso, se han vuelto drásticamente contradictorias.
En una de sus novelas de la serie Carvalho – una serie que va recorriendo casi año a año la Transición – el siempre lúcido Manuel Vázquez Montalbán hace decir a uno de sus personajes:»No soy un revolucionario, soy simplemente un antifascista. Ése es un descubrimiento que muchos hemos hecho después de morir Franco y no nos lo hemos clarificado suficientemente a nosotros mismos».
Un cordial saludo y muchas gracias por la atención

CIUDADES (¿del futuro?)

Tras la modernidad de mediados del siglo XIX, vino la post-modernidad de los años 60 del siglo XX, y ya a principios del XXI se abrió un corolario denominado hiper- modernidad (Gilles Lipovetsky).La Historia y la Filosofía reconocen estos periodos, si bien el Arte, como casi siempre, los adelanta estéticamente.

Durante la Modernidad, las ciudades se convirtieron en el eje articulador de lo político en la medida en que acumularon por activa y por pasiva la mayor parte de los recursos productivos y se puso de manifiesto la enorme capacidad especulativa de una urbanización desatada.

La Post-Modernidad coincidió con la rebelión frente al centralismo ciudadano y convirtió los grandes y masificados barrios en catapultas colectivas que exigían participación y discusión («debajo de los adoquines, está la playa»).

La Hiper-Modernidad ha optado por la descentralización, la apertura de espacios verdes ,el transporte no contaminante y un urbanismo , por lo general, más amable, sin renunciar, por supuesto a la economía capitalista y bajo la hiper-vigilancia constitutiva de esta nueva era.En este sentido, la pandemia del COVID-19, no ha proporcionado sino una confirmación profiláctica de la nueva planificación.

Pero, por otro lado, es evidente que allá donde nunca hubo verdadera Modernidad, no hubo tampoco auténtica Post- Modernidad, ni consecuentemente,Hiper-Modernidad, para bien y para mal (Manuel Vázquez Montalbán).

Y que en tales lugares, en los que el Liberalismo siempre fue flor de un día, el Socialismo mero remedo del cristianismo social y el Nacionalismo, Carlismo sin boina roja, continúan gobernando las fuerzas del Antiguo Régimen, es decir, una Nobleza oligárquica venida a más ( como bien lo explicaba Manuel Tuñón de Lara), un Estamento Eclesiástico imbatible, gran propietario de bienes inmatriculados y que ha convertido en Seminarios la mitad de los centro educativos, y un Tercer Estado que les hace el caldo gordo en sus aspiraciones pequeño-burguesas.

Y nada más gordo que seguir ofreciendo el sacrificio de la especulación urbanística, de la colmatación de todos los lugares ciudadanos posibles,arguyendo además, con la excusa de la periclitada idea de «progreso», pretensiones sociales modélicas.

Pero, como se ha dicho , se trata de lugares en los que no triunfó la Modernidad …Ni se le espera…