ALFONSO SASTRE ( y quizás una anécdota)

Alfonso Sastre, cúbico, barbado, reposado, cenaba parsimoniosamente junto a una pizpireta teniente de alcalde de HB que había organizado la representación de «Ahola no es de leil»

Frente a él, Julio Pérez Perucha , barbado también , le miraba en silencio junto a mí, invitado que era a un Curso que yo había organizado y al que había acudido como el excelente y reconocido historiador del cine que era.

De pronto, y sin mediar introducción alguna, Pérez Perucha reprochó a Sastre que él, siempre tan radical y alternativo , hubiera aceptado el Premio Nacional de Literatura, y no lo hubiera rechazado como otro famoso escritor de apellido confundible ( Jean-Paul Sartre) había rechazado el Premio Nobel.

El asunto se enzarzó hiperbólicamente y animado por el eskilarapekoa que habíamos estado bebiendo, llegó a mayores remontándose hasta la disputa entre Sastre y Buero Vallejo, en la que aquel le reprochaba a este sus sutilezas dramatúrgicas frente al franquismo rampante.

Pero, O fortuna, velut luna, semper variabilis!, don Julio prefirió súbitamente redirigir su mirada hacia la atractiva teniente de alcalde, dejando en paz a don Alfonso, y la redirigidió con tal intensidad que, según luego me contaron fuentes fidedignas, perdió al cabo el tren que debía devolverle a Madrid y a la revista Contracampo ( de la que por mor de la amistad con gentes como Paco Avizanda y Francesc Llinás – y del interés, of course – era yo también suscriptor).

A Pérez-Perucha le volví a ver al cabo de unos años en una de sus poliédricas conferencias sobre el cine español. Fui a saludarle, pero no me reconoció – «Soy muy mal fisonomista «, me dijo educadamente.

A Alfonso Sastre me lo encontré varias veces en Fuenterrabia /Hondarribia y , según recuerdo, llegué a tomar algún que otro café en una terraza de la polícroma calle San Pedro. Siempre me recordaba la anécdota de aquella cena, pero sin ningún reproche, más bien con aquella sonrisa de pillo pillado que contrastaba tanto con la tristeza profunda que emanaba de su mirada… Ahora ha muerto casi centenario en la tierra en la que, según confesión propia , creía que todavía anidaba el impulso revolucionario de los años sesenta del siglo pasado.

Y como siempre, y como se suele decir, verdad verdadosa y consuelo de supervivientes, quedará su obra, extensa, diversa, y que, más allá de lo teatral, de lo narrativo o de lo poético, tenía a veces la finura ensayística de, por ejemplo, los tres tomos de Las dialécticas de lo imaginario

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