DESCENDIENTES (¿ Una utopía?)

«Entre cuatro amigos hemos comprado una casa en la sierra para vivir juntos cuando nos jubilemos : seremos los últimos de nuestras respectivas familias ya que somos hijos sin hijos», me comentaba ayer una antigua colega de la universidad, cuando le llamé para felicitarle por su nuevo puesto como catedrática.

Y no sé porqué, pero he recordado aquella famosa película de John Ford titulada La taberna del irlandés (Donovan’s Reef, 1963) en la que un dulce John Wayne y una severa Elizabeth Allen disputan amorosamente por unos descendientes ajenos bajo la mirada de un siempre follonero Lee Marvin.

De manera que se me ha ocurrido que debe de ser muy dif´ícil tener algún sentimiento de futuro cuando se carece de descendientes biológicos o ideológicos, tal que le ocurrió al afamado neurólogo inglés Oliver Sacks, conocido por obras como El hombre que confundió a su mujer con un sombrero o Un antropólogo en Marte, que en una carta de despedida en la que comunicaba que tenía un cáncer terminal decía : «Dejaré de prestar atención a la política…No es indiferencia pero sí desprendimiento – todavía me preocupo profundamente por el Oriente Medio, sobre el calentamiento global, sobre el crecimiento de la desigualdad, pero esos ya no son mis asuntos: pertenecen al futuro».

Pues a un futuro innominado parece pertenecer todo aquello que no se ajusta al presentismo narcisista que amparándose en viejas fraternidades y nuevas sororidades renuncia a cualquier tipo de descendencia en la horizontalidad general básica que nos informa y que es una y otra y vez sancionada por el algoritmo de las plataformas digitales…

¡Ah! Descendientes…¿Una utopía?

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