Desde la Cervecería Alemana ( cuento pre-navideño)

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Aprovechando este puente- acueducto hemos venido a Madrid. Las chicas se han ido de compras y yo he quedado con Javier  en la Cervecería Alemana de la Plaza de Santa Ana, uno de nuestros lugares sagrados.

Javier es escritor –  si digo su apellido, todo está perdido. Es calvo y bajito, pero del tipo de los graciosos. En algunas fotos antiguas, pero no muy antiguas porque es un sesentón reciente , aparece con una melena deshilachada que anuncia su ya inminente alopecia. Por ejemplo, en aquella foto que le hizo su ex y mi luego ex  Cristina en la terraza de Aux Deux Magots durante su etapa parisina. En realidad, todos tenemos alguna foto en esa terraza porque era  el certificado oficial de que se había estado en el París que merecía la pena, el de los escritores y los filósofos, y sobre todo el de la proto-escritora-filósofa Simonne de Beauvoir.

Hace mucho tiempo que Javier ya no vive en París y, de hecho, es el único de la cuadrilla que ha conseguido por derecho propio llegar a llamarse escritor, reciclados los demás y las demás en el periodismo y la universidad. Ahora vive en Madrid, en el último piso de un edificio dieciochesco que da a la Plaza de Santa Ana.

Ha bajado hasta la Cervecería Alemana y hemos pedido un poco de lacón con grelos y dos cervezas sin alcohol. Los dos nos hemos reído, y mucho, recordando todo lo que habíamos bebido juntos cuando beber era signo y síntoma de hombría, sobre todo en la capital sanferminera de nuestra oscura provincia originaria.

Mientras comía desganadamente un poco de lacón, me ha dicho que se ha pasado de la novela al ensayo porque ha llegado a la conclusión de que las novelas son  sólo narraciones infantiles para adultos.

No sé si ha sido por lo de «narraciones infantiles», pero el caso es que, casi sin darme cuenta, me he fijado en un crío negro negrísismo que me miraba embobado con unos preciosos ojos grandes desde la mesa que ocultaba rítmicamente la calva de mi amigo. De los ojos del niño, la mirada se me ha ido hacia el rostro de la madre, más rubia que si se hubiera teñido el pelo con camomila intea. Repentinamente he comprendido la inter-multi-culturalidad de que hace gala el barrio aledaño de Lavapiés. No obstante, más allá de esta radical revelación epistemológica, he dado un respingo al percatarme de que la rubia en cuestión era el fiel retrato de Lucía, la protagonista de una novela de Javier, que se titula precisamente Plaza de Santa Ana.

«Tienes detrás a una tía que parece tu Lucía de la calle del Olivar», le he dicho a mi amigo  en un susurro. «Ya, ya», me ha respondido, «procura que no me vea». Y a continuación ha levantado la mano para llamar al camarero. Yo pensaba que iba a pagar rápidamente para levantarnos y marcharnos con discreción. Pero no. Se ha pedido un gin-tonic y, claro, yo me he tenido que pedir otro. Lo cual que hemos vuelto a las andadas, aunque yo, más que todo, por solidaridad.

Antes de que mi estado se deteriore, voy a enviar un whatsapp a las colegas  para darles cuenta de mi situación y para que vengan a rescatarme…

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