LA VERSILIA( y los perrijos)

Como vasco-navarro acostumbrado a las aguas cantábricas, los arenales de la Versilia me parecen de los más sosos del mundo mundial con la salvedad de los estanques dorados caribeños cuando no hay tifones ni daiquiris.

Aún así una atención latente siempre descubre cosas curiosas en el paisaje o el paisanaje.

Y en este caso el descubrimiento, en el borde del deslumbramiento, ha sido la constatación empírica del gran número de perrillos que acompañan a los usuarios ( y usuarias, of course) de las mentadas playas.

Se trata de perros muy pequeños, algunos pequeñísimos,mayormente transportados en cestillos o, incluso, en algunos casos, en mínimos carritos de bebé, o a pelo entre los brazos.

Este fenómeno ,ya ciertamente extendido en la piel de toro, parece haber adquirido aquí una manifestación definitiva, italiana se podría decir acudiendo al tópico,pero asaz sorprendente.

Mi colega, el sociólogo Giuseppe Versace – nada que ver con los famosos- dice que este fenómeno se debe y mucho a la necesidad de disponer de un repositorio emocional durante los pasados tiempos pandémicos en los que la relación social se volvió tan problemática y que, visto lo visto, ha quedado como una modalidad alternativa de encariñamiento escasamente conflictiva: por lo general los perros no hablan.

Y tal parece ser sin saber si esta nueva práctica – en sentido bourdieuano – que Giuseppe centra en la experiencia del perrijo ( de perro e hijo) transformará y hasta qué punto la pirámide poblacional…

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