Mi Fontana de Oro

 

 

Tan sólo suelo ralentizar mi paseo cotidiano cuando llego a la altura de una fuente pentagonal de doce caños situada en un extremo del Parque de Doña Casilda. No lo puedo evitar. Disminuyo el ritmo y cierro los ojos durante unos segundos para escuchar el murmullo del agua, que me parece el sonido más  puro que se puede llegar a oír.

Algo tiene el agua para que  en todas las culturas conocidas haya sido una figura tan relevante. En la nuestra, en la medida en que somos una civilización del desierto, monoteista y monotemática, el agua fue  el lugar sobre el  que se movía  el espirítu del dios único en el Génesis. Y en la medida en que somo una civilización de la pradera, ya los filósofos presocrátcos hablaron de ella como uno de los elementos fundamentales ( Tales de Mileto lo consideraba el origen de todo). Pero también en las civilizaciones del monzón, como China, el agua fue  y es una fuerza muy activa, como puede verse reflejado en los oráculos del Yi Ching.

Aún así ese agua ordenada que suponen las fuentes parece ser que fue traída a nuestros lares  por la cultura islámica, junto con los jardines y  sus arbolados. El éxito fue  definitivo y, más allá de su polisemia ( no hay más que pensar en la cantidad de veces que utilizamos la palabra fuente con diversos sentidos, pero todos en relación a su  etimología: manantial), ha  reververado entre  nosotros una y otra vez. Por poner  tan sólo dos ejemplos, es dificil olvidarse del baño de Anita Ekberg en la Fontana de Trevi ( La dolce vita, 1960, Federico Fellini) o,  de las intrigas que  emergen de La Fontana de Oro, primera obra de Benito Pérez Galdós en la que, por cierto, agentes liberales se infiltraban en las filas realistas para radicalizarlas  y , ante sus desmanes, presentarse como salvadores de la Patria ( ¿ te suena  a algo todo esto, querido/a lector/a?. Piensa y acertarás)

Pero en fin, escuchar el murmullo de cualquier fuente, consigue, justamente, que no divaguemos sobre nada de todo  lo anterior, sino que nos dejemos llevar hacia algún momento en el que el lenguaje  no era en modo alguno necesario para la vida.

P.D. Una curiosidad: ¿cuál es tu Fontana de Oro?

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