Pamplona also rises

 

 

De camino hacia Bilbao, he quedado con Koldo en la terraza del Café Iruña. A estas horas primeras  del día la ciudad yace muerta tras la convulsión sanferminera. El suelo todavía está pegajoso y de todos los rincones llegan efluvios de orines y vomitonas, a pesar de los esfuerzos de varios equipos de limpieza que, disfrazados de verde, dan vueltas sin fin a la plaza del Castillo.

Koldo –un Koldo de los de siempre que nunca se llamó Luis– es historiador y ha hecho lo que él llama una “arqueología de los sanfermines” porque siempre le extrañó que bajo un régimen tan autoritario como el franquista –“¡el Régimen”!– se permitiera tamaña juerga colectiva . Koldo dice que la clave de todo está en la Cruz Laureada de San Fernando que le fue otorgada a Navarra “por su contribución al Alzamiento Nacional de 1936”.

«Esta Cruz»- continúa Koldo-  «sirvió a la derecha navarra para hacer de su capa un sayo y, poco a poco, gentes como  Joaquín Ilundain , José María Pérez Salazar o el mismo Maestro Bravo, fueron diseñando toda una parafernalia festiva que incluía canciones como el Uno de enero, el uniforme blanco con el pañuelo rojo o la ceremonia del chupinazo hoy tan conocida. Incluso la retención popular del  riau-riau a la corporación municipal cuando el día 6  iba a la Iglesia de San Lorenzo, fue un invento del carlista Ignacio Baleztena para impedir la entrada de los  munícipes ateos  de 1914 en el templo -¡ Y muchos pensarán que fue un invento de abertzales e izquierdistas! La derecha impuso a lo largo de los años su modelo sanferminero hasta el punto de que hoy parece el de toda la vida, y cuando el modelo se torció políticamente, como en 1978, no dudó en sacar de nuevo las armas a la calle, desalojando a tiros la plaza de toros. Ahora, mundializada y globalizada, la fiesta ha pasado a ser sinónimo de un desmadre multiplicado y la prueba mayor han sido las espeluznantes noticias de violaciones y agresiones sexuales».

Yo escucho a Koldo atentamente porque veo que se ha ido enfadando mientras me participaba sus hallazgos. Todo su relato ha tenido algo de trágico, sobre todo por lo inevitable. Pedimos otro café solo mientras por la calle de la Chapitela suben los  que no han perdonado la última gau-pasa y han corrido delante del primer autobús urbano que ha enfilado la cuesta de Santo Domingo,en lo que se conoce como » el encierro de la villavesa». Esperemos que no haya habido heridos ( no se crean, los suele haber aunque los morlacos, en este caso, son los agentes de la policía municipal).

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