Sant Ander

 

 

Continuando  mi periplo veraniego, hoy estoy en Santander para participar  ( una vez más) en un curso sobre  literatura autobiográfica.

Y como soy un clásico de mí mismo he quedado con Marisa en el Café de Pombo en la Plaza de Pombo.

A esta Marisa la conocí primero de refilón y luego la reconocí sorpresivamente. Me explico. Yo tenía hace ya muchos años una novia madrileña. Dicha novia me presentó una tarde a una antigua profesora suya, monja teresiana, que me cayó muy bien por lo vivaracha que era. Sin embargo, desde el primer momento, me di cuenta de que la susodicha (por entonces, madre Marisa) continuaba enamorada de mi entonces novia, y de aquí surgió una complicidad de amores paralelos que duró lo que me duró la novia (no mucho, pues luego me sustituyó por un arquitecto “guapísimo”). Un par de décadas después, en un curso sobre filosofía que daba Fernando Savater en la UIMP, reconocí a Marisa en la segunda fila de un aula abarrotada y me acerqué a saludarla. Ya no era teresiana, estaba dando clases de Humanística en un centro de Formación Profesional de la capital cántabra, y se definió como una “teóloga feminista”. Hicimos buenas migas y, desde entonces, solemos hablar por teléfono de vez en cuando. Así que, en viniendo a Santander, la he llamado para ir a comer juntos.

Viene Marisa, con pinta de Santa Tomasa de Aquino por lo garbosa y decidida. Me trae un paquetito de sobaos de la confitería Máximo Gómez que sabe que me gustan a rabiar y se sienta dejándose caer. “Pareces el mismísimo Marqués de Casa Pombo”, dice mientras se pide un té rojo. Recapitulo mentalmente, pero no me veo como tal: reconozco más al industrial harinero y al alcalde innovador que se inventó El Sardinero que al marqués de título reciente (1872, Amadeo de Saboya regens). Por otro lado, la antigua denominación de Plaza de la Libertad me parece más propicia. “Ya, ya”, se ríe Marisa, “eso es porque no sabes que la estatua del Caudillo la quitaron de esta ciudad hace cuatro días”.

Hablamos, luego, de nuestras derivas intelectuales. Ella, cada vez más feminista y menos teóloga. Yo, cada vez más teólogo, a pesar de mi agnosticismo con tendencias místicas. Acordamos quedarnos quietos-parados en el siglo I de nuestra era (cristiana, por supuesto), cuando los dioses habían callado y el Dios único y verdadero todavía no había llegado. Nuestras palabras se las llevan los gritos de los niños que corretean entre el quiosco y dos tiovivos que dan vueltas a pleno rendimiento

“Te tengo preparado un buen plan. Aunque casi todos los restaurantes y tascas de la zona son excelentes, te voy a llevar al Mesón Goya, en la calle Daóiz y Velarde. Tienen un cocido montañés para chuparse los dedos. Y luego un paseo hasta la librería Estvdio, que es de lo poco bueno que hay por aquí”.

Accedo sin rechistar y recuerdo al amigo Occam, ahora tan de nuestra cuerda: “Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem” (la traducción, en Google).

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