No soy particularmente partidario de acudir a esos templos máximos del consumo alojados en horizontales polígonos multiservicios que se extienden por los alfoces de las ciudades.
Pero hoy ,para refrescarme de tanta frase de sujeto, verbo y predicado,he acudido en comandita al de la marca sueca cuyo catálogo será en el futuro objeto de subasta entre quienes se dediquen a la Historia.
Para transitar por las complejas tripas de la mentada institución sin sentir punzada alguna de angustia breve o un deseo inmoderado de escapismo, me he abducido a mí mismo en la figura de un joven muy joven haciendo con su pareja la primera compra general básica para una nueva casa, y me ha ido francamente bien.
Pues que he comprado con sana alegría un cojín muy mullido, una botella para el agua frigorizada, una cazuela especial para hacer pasta, unos mini- cactus y , guiado por mi entusiasmo, un rascador para gatos.
En este punto he sido detenido por la autoridad inmediatamente competente ( léase mi señora esposa, A.S.S.S.N) bajo la indicación de que no tenemos gato ni se le espera.
Y recobrada la perversa lucidez de la razón y mi mismidad en cuanto que tal, he sido retirado en olor de santidad al vehículo a motor, sin el cual, como es sabido, no es posible acceder a estos paraísos.
Y yo os digo, oh gentes que buscáis experiencias extraordinarias bajando por las aguas de afilados cañones o volando en parapentes multicolores , o acaso al acecho de los cánticos de las ballenas y /o esperando en el igloo las auroras boreales : no busquéis más, en teniendo como tenéis tan cerca la elevación absoluta, simplemente cantando un «Ikeamus igitur»…
