LAS CLASIFICACIONES PRIMITIVAS (y, por ejemplo, «El proceso de Burgos»)

Como ya apuntaron en su momento Émile Durkheim y Marcel Mauss, todo parece indicar que en cada cultura hay una serie de «clasificaciones primitivas» que operan como sustrato condicionante de toda posible derivación.

Así ocurre por ejemplo en la cultura occidental, en la que la distinción entre mithos y logos desde sus orígenes griegos ha intentado contraponer el relato narrativo en sus diversas manifestaciones al desarrollo conceptual argumentado en sus sucesivas ampliaciones , enfrentando siempre los mitos a la ciencia.

Esta marca de fábrica occidental se ha intentado aplicar también al estudio de la acción social, y todos los esfuerzos por tener en cuenta ambos aspectos, con la finalidad de mejorar la comprensión de los acontecimientos , desde el sociólogo Max Weber hasta el historiador Paul Veyne, se han visto frustrados ante la necesidad de pergeñar explicaciones rápidas y tacticistas.

Este fenómeno integrista que no integrador y mayormente oportunista, se ha puesto de manifiesto particularmente al intentar dar cuenta de los episodios de lucha armada tan generalizados en las últimas décadas del siglo pasado, pretendiendo llevar a cabo una «batalla por el relato» de lo sucedido, en unas ocasiones de orden científico-social y en otras de condición narrativa- novelística, dando la razón , acaso inconscientemente, a quienes piensan que, al cabo, todas las variantes del logos operan como mithos y más cuando de la acción social extrema se trata.

Ante la imposibilidad de alterar este sistema de clasificación primitiva occidental , más efectiva por su perduración que por su capacidad analítica – ideosfera que le llamaría Roland Barthes- desde dentro,habrá que esperar a ver si la globalización económica que ha sido una de las articulaciones expansivas de la pandemia del COVID-19, conlleva en el futuro una globalización cultural, de manera que el conocimiento de otras clasificaciones primitivas, nos permita reflexionar sobre las propias, como decía el sinólogo François Jullien

(Escrito tras la asistencia al acto de presentación de una nueva publicación sobre el Proceso de Burgos que juzgó a varios militantes de ETA en 1970) )

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