UNA CULTURA PROSTIBULARIA (sobre «El gran hartazgo cultural» de Alain Brossat)

 

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UNA CULTURA PROSTIBULARIA (sobre El gran hartazgo cultural de Alain Brossat)

La editorial DADO ha comenzado su andadura con la publicación del libro titulado El gran hartazgo cultural de Alain Brossat.

Brossat, profesor de filosofía política de la Universidad Paris VIII-Saint-Denis, repunta en esta inteligente y en ocasiones divertida obra una y otra vez la misma verdad de fondo, la misma tesis: La Cultura (así con mayúsculas) se ha convertido en nuestras sociedades post-modernas en un permanente acto de conciliación, sustituyendo a La Política (también con mayúsculas) y trasladando de la una a la otra las funciones tradicionales, amparadas todas por su código genético religioso-trascendente.

De esta manera allí donde debía haber debate y acuerdo para la acción, una conciliación construida (La Política), hay siempre últimas revueltas y por ello penosa inacción o acción inútil por inutilizada. Y dónde debía haber discrepancia sistemática y hasta sistémica (La Cultura), florecen todos los recursos multiculturales de la unidad de destino en lo universal disfraza de pacífica globalización.

La Cultura, en este contexto, debe, por lo tanto, mostrarse siempre agradable y seductora, dispuesta a todo por mor de la complacencia, convertirse en la fulana que da a cada uno y a cada una el placer o el vicio que necesita en aras de la particular satisfacción.

Ahora bien, en opinión de Brossat, esta fulana es de alto standing, o sea cara, muy cara, y en ocasiones su precio ya es muy alto tan sólo por exhibirse, por entrar en el catálogo de las grandes estrellas para las grandes celebraciones. Por ello mayormente sólo puede ser pagada por El Estado (también con mayúsculas) en sus varias acepciones jerárquicas (desde la ONU hasta el municipio) o por los mandamases de las Grandes Empresas (otro sí) en competencia con Los Estados, siempre que no sean accidentes de la misma sustancia.

Todo este lúcido despliegue crítico que incomodará a los acomodados hegelianos conscientes o inconscientes, partidarios de buenismos varios, finaliza con un sabroso diálogo del autor con su traductor al castellano, David J. Domínguez, en espléndida réplica al oportuno Prólogo para esta edición con que se abre la obra.

 

 

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